La familia es el campo en que se desarrollan todas las raíces humanas de la persona. A través de la familia el hombre aprende la esencia de la cultura reinante, y aprende igualmente a jerarquizar los valores decisivos de su vida: entender la energía vital que nos invade y pone el mundo a girar, el hombre, aceptar que el porvenir trae imprevistos a veces a nuestro favor y a veces en contra, el sentido de la vida y la muerte. La necesidad de una moral que, a través del hombre, nos acerque al bienestar y la mejor convivencia como especie.
El ejemplo de los padres, su coherencia, han de ayudar a los hijos -inquietos buscadores de la verdad- a "saber encajar en la vida", a conectarse con el mundo, a relacionarse con los otros, a llevar a cabo su creación personal.
La familia ha de ser el hogar adecuado donde se descubra el mensaje que "hay que amar siempre al otro, aún en el supuesto de no ser correspondidos".
Cada miembro de la familia ha de amar a los otros, no por lo que aparentan, sino por lo que son y lo que representan. Los esposos se han de amar no solo por su hermosura, delicadeza o su capacidad de satisfacer pasiones y sentimientos; no solo porque sean corteses y entregados, sino porque comparten un proyecto de vida.
El hijo ha de amar a su padre, no por su fortaleza y genialidad, sino porque es el ejemplo visible que tiene delante para amar. Los padres han de amar a sus hijos no por las satisfacciones que les den, sino porque son una joya en bruto, que trajeron al mundo y han de pulir.
La confianza mutua lleva al amor y el amor lo alcanza todo.
Editado del artículo "La Familia, Cuna del Amor", de P. Francisco Alcaraz
Semanario El Domingo No. 52.
